Las distintas epidemias que se van a producir desde el Renacimiento
en adelante van a plantear importantes dosis de inversión social por
parte de los gobiernos municipales de las distintas ciudades para
restar los efectos negativos de estos contagios.
Además de las pérdidas humanas y todo lo que esto conllevaba se va
a producir un verdadero descalabro económico en las ciudades, se van
a ver afectados de manera notable tanto la producción como la
distribución de bienes. La paralización económica de las ciudades
suponía una verdadera merma para estas en cuanto a los ingresos
fiscales, y esto tenía consecuencias muy negativas puesto que era
precisamente entonces cuando más eran necesarios por los importantes
gastos en administración que se tenían que llevar a cabo en esos
momentos. Todo esto producía el endeudamiento de las haciendas
municipales que no llegaban a ser saldadas hasta varias generaciones
después.
Por ejemplo las cuarentenas tenían efectos funestos en la economía
de las ciudades, esta medida hacía que el precio de los productos se
incrementara de forma notable.
La peste trajo consigo consecuencias económicas negativas para el
trabajo urbano, la disminución del trabajo cotidiano por la
suspensión del comercio o la huida de los ricos supuso un verdadero
revés para los pobres de las ciudades. Muchos de estos habitantes
saltaron la linea de la modestia a la indigencia y tuvieron que
recurrir a hospitales, casas de acogidas de pobres etc.
Todo esto también produjo un cambio en la visión de la pobreza en
las ciudades, si antes la indigencia servía a los ricos para la
salvación mediante la limosna ahora se recalcaba el peligro de las
aglomeraciones de indigentes en las ciudades. Relacionado con todo
esto vamos a observar ya en el siglo XV medidas jurídicas para
prohibir el libre ejercicio de la mendicidad.
El mantenimiento de los pobres era tarea de los concejos, por ejemplo
con medidas como establecer un límite en el precio de la venta de
pan.
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